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4.6.08

Gloria - Pequeño Homenaje a Nabokov

Por supuesto, hay más en Nabokov que sarcasmo, humor negro y aliteración: sus libros contienen algunos de los pasajes de mayor ternura en la literatura moderna. Aquí va un pequeño homenaje, mi traducción de un fragmento de uno de sus textos menos visitados, la novela "Gloria". 

Sofía intentó pensar en voz baja, es decir, sin suspiros ni sollozos (la puerta que daba a la habitación de su hijo estaba entreabierta). Recordó otra vez, puntillosamente y en detalle, todo lo que la había llevado a separarse de Edelweiss. Repasando cada instante, vio claramente que en aquellas circunstancias no podría haber actuado de otra manera. Pero así y todo un error acechaba oculto en alguna parte; así y todo, si no se hubiesen separado, no habría muerto de esa manera, solo en una habitación vacía, sofocándose, desamparado, recordando quizá su último año de felicidad juntos (de una relativa felicidad, en todo caso), y el último viaje que habían hecho, a Biarritz, la excursión a Croix-de-Mouguére, y las pequeñas galerías de Bayonne. Ella creía firmemente en la existencia de cierto poder que guardaba el mismo parecido con Dios como la casa de un hombre al cual uno no ha visto jamás, sus pertenencias, su jardín de invierno y sus panales, su voz distante, oída por azar en el campo abierto, guardan con su dueño. Le hubiese avergonzado llamar “Dios” a ese poder, así como hay Peters e Ivanes que no pueden pronunciar “Pete” o “Vanya” sin una sensación de falsedad, mientras hay otros que, al reportar una larga conversación, pronuncian sus nombres o, aun peor, sus sobrenombres, con gusto veinte veces o más. Este poder no estaba conectado con la Iglesia, y no absolvía ni castigaba pecado alguno. Era sólo que a veces sentía vergüenza en presencia de un árbol, de una nube, de un perro, o del aire mismo que podía transportar una palabra grosera tan religiosamente como una amable. Y ahora Sofía, a la vez que pensaba en su aborrecido, desamorado marido y su muerte, incluso mientras repetía palabras de plegarias que le eran familiares desde la infancia, en realidad esforzaba todo su ser para — fortalecida por tres o cuatro recuerdos felices, a través de la niebla, a través de grandes extensiones de espacio, a través de todo aquello que permanecería por siempre incomprensible — poder darle a su esposo un beso en la frente.

Vladimir Nabokov, " Gloria". Traducción de Martín Monreal